29 de octubre de 2009

Devaneos superficiales

Hacía tiempo que no me aburría tanto. Sí, después de tanto tiempo acudo a vosotros movido por la necesidad imperiosa de expresar algo que ni yo mismo sé muy bien qué es. Siempre he creído (es increíble la facilidad que demuestran tantas personas para utilizar esta frase sin pararse a pensar en el error tan evidente que cometen) que la superfluidad de cualquier acción es inversamente proporcional al grado de relación que guarda ésta con las necesidades y deseos más profundos de su autor. Os contaré un secreto: hace tiempo que la visión de cualquier tipo de conducta superflua me hincha las gónadas hasta extremos inesperados para mí. A veces, he llegado a plantearme la posibilidad de perforar mi bolsa escrotal con mis propios dedos para arrancar así uno de los hinchadísimos testículos antes mencionados y lanzarlo con fuerza hacia la persona en cuestión. Estaría dispuesto a deshacerme en mil plegarias, sean cuales fueren las deidades caprichosas a las que debería dirigirme, si con ello me asegurase hacer diana en plena garganta y observar alegremente cómo mi oligofrénico amigo se retuerce en el suelo, preso de la más cruel de las asfixias, abalanzándome si fuese necesario sobre cualquier incauto que se acercase con intención de realizarle la maniobra de Heimlich.
Por lo demás, todo transcurre con una tranquilidad a veces repulsiva y a veces cómoda. Me he mudado a un apartamento junto a la playa y, aunque sigo teniendo beeheHEHEbeEheHE-cinos, parece no molestarles ni el volumen de mi música, ni los tardíos horarios de la mayoría de visitas que recibo. La frecuencia con la que me digno a pisar la arena de la playa se reduce a una o dos veces al mes, algo que únicamente puede explicarse haciendo alusión a la madre de todos los vicios. Sin embargo, sí que doy largos y nocturnos paseos por la avenida después de haberme nutrido a base de bocadillos, hamburguesas o durum kebabs, generalmente. Afortunadamente, también he tenido la oportunidad de debatirme entre la vida y la muerte: he librado incontables e intensas luchas contra seres de acongojante tamaño. Sí, me refiero a cucarachas y hormigas de incierta procedencia. Las primeras han sido exterminadas por completo y las segundas han tomado el frente norte de la casa (o han sido confinadas allí, como a mí me gusta pensar), pero les he cogido algo de cariño. Son muy trabajadoras y defienden con cada una de sus células el fruto de su trabajo. Es una pena que pronto comprueben cómo un ser vago e intolerante al estrés es capaz de mandar a tomar por culo todo ese trabajo en cuestión de horas con una aspiradora y una pequeña dosis de veneno diluido en un dulce cebo. Estoy convencido de que su inminente apocalipsis ya ha sido profetizado por las hormigas más sensibles y/o veteranas.

12 de marzo de 2009

El constante fluir de lo inevitable

Son las 11:00 AM. Unos cuantos rayos solares se cuelan por mi ventana, deslumbrándome, señal inequívoca de que ha llegado la hora de abandonar el catre. Con desidia, me enfundo las babuchas y recorro los doce o trece metros que me separan de la cocina. El día comienza tras la ingestión de dos trozos residuales de pizza y un café con leche.
Hoy debo entregarme a la complicada tarea de decidir qué hago con mi dinero. Llevo tres años jugando a ser rambo y ello, experiencias y ganancias personales aparte, me ha reportado la suculenta cantidad de X euros. Mi idea inicial fue utilizar esa cifra ahorrada para subsistir durante unos años en el nido mientras terminaba mi carrera universitaria, cubriendo así los costes de ésta y los de mis vicios sin necesidad de continuar siendo un asalariado. Sin embargo, aparte de antojárseme esto tremendamente aburrido, creo que debería transformar de alguna forma mis ahorros en una fuente de ingresos y, a medio plazo, disminuir mi preocupación por la solvencia económica en beneficio de mi pasión por despejar las incógnitas que me separan del bienestar. No aspiro a comprarlo porque sé que a la naturaleza no le interesa mi dinero (aunque gustosamente lo haría si fuese posible). Sólo aspiro a vivir en un lugar apartado del mundo, sin vecinos a los que temer o ante los que avergonzarme cuando me apetezca cantar a viva voz o reproducir música a todo volumen; cuando, inmerso en la lujuria, surja el impulso de propinar consentidas pero sonoras nalgadas a una hipotética compañera de viaje espiritual; cuando quiera masturbarme fuera de casa mientras veo e imagino zoofílicas experiencias con la Osa Mayor y, en definitiva, cuando quiera transgredir cualquier pauta impuesta o autoimpuesta para ver así las dos caras de la moneda y no dejarme absorber por ninguna. Un lugar donde dejar de luchar para entregarme sin reparos al constante fluir de lo inevitable.
Un lugar como éste:

5 de marzo de 2009

is this real world or an exercise?

David recorre un camino lleno de altibajos en el que la única certeza de la que dispone es el archiconocido principio socrático "sólo sé que no sé nada". Sus experiencias no son importantes en comparación con las que otros vivieron. Tampoco lo son en comparación con la grandeza del universo. Por último, tampoco lo son sin comparación. ¿Qué es importante? Cualquier cosa podría serlo y a la vez ninguna.
En cada una de las cosmovisiones que han pasado por su mente existe un patrón común: la ausencia de sufrimiento es factible. David desea tanto creer en la iluminación, el nirvana, el satori, el moshka, la consciencia universal, la liberación o incluso la unión con Dios... que se alegra de que tenga tantos nombres. Más tarde descubre que ese detalle no confirma ni significa nada para él. Se da cuenta de que los cimientos del mundo imaginario que ha construído se tambalean violentamente, amenazándole. Siente como un terror indescriptible recorre cada célula de su cuerpo y... grita. Simplemente grita.

27 de febrero de 2009

juajué

Tengo 22 años, o eso creo. Mi madre me dice que todos necesitamos creer en algo y mi padre me dice que me creo el ombligo del mundo. La biblia me dijo que no sólo importan nuestras creencias, pero también me amenazó con el infierno (entre otras cosas).
No sé muy bien por qué estoy escribiendo esto. Tal vez lo hago porque tiendo a mantenerme distraído para olvidar por unos instantes el conflicto al que se enfrenta todo ser con memoria. Tal vez haya tanta fuerza creadora en expresar algo... que la propia creación gana importancia en menoscabo de nosotros mismos. Al centrarnos en crear, la lucha interna entre creencias, pulsiones, deseos, límites... también pierde valor, reduciéndose así su influencia sobre nosotros. Tal vez intentar crear sin tabúes sea muy semejante a intentar follar sin tabúes. Tal vez ambas cosas sean un intento de perder ese sentimiento de identidad personal que nos caracteriza; un intento de fundirnos con algo, con alguien o con todo y sentirnos de puta madre. Es algo que me transmite mucho buen rollo y he tardado bastante en darme verdadera cuenta de ello, así que es normal que ahora parezca un puto oso amoroso.
Vigilad vuestros culos.

19 de febrero de 2009

Pezqueñines no, gracias. Hay que dejarlos crecer.

Karl nació a una tierna edad. Desde el principio, su vida estuvo marcada por el arte y nunca dejó de ser así. No importaba lo que otros hubiesen decidido para él... porque Karl iba a ser artista y pensaba expresar de la forma más transgresora posible su visión del mundo. Lo tenía completamente claro.
Karl pasó toda su infancia y adolescencia yendo de aquí para allá, de allá para acá, de acá para allí, de allí para aquí. Navegaba sin rumbo junto a su padre y escuchaba sus historias mientras ambos pescaban con una destreza que muchos hubiesen tachado de sobrehumana. Valiéndose de diestros giros de caña, lograban imprimir a las truchas las más gráciles piruetas antes de estamparlas contra la vasta cubierta de su cayuco. Karl sonreía, sabiéndose dueño de su pasante, putero y fresudo tiempo... hasta que llegaba la hora de ir a cenar a casa. Todas las noches de cada semana, cada mes y cada año, Karl y su padre regresaban a casa a las 9 con un cubo lleno de truchas recién asesinadas. ¿In?evitablemente, terminó aborreciéndolas (en-su-casa-se-comía-trucha-día-sí-día-también-y-estaba-un-poco-hasta-los-jonkones).
Al morir su padre, Karl decidió que ya era hora de tomar las riendas de su vida: decidió seguir siendo pescador, como su padre. Decidió casarse con una joven sureña, como hizo su padre, y engendró 4 hijas con ella antes de que llegase ―por fin― el hijo varón. Decidió enseñarle el artístico oficio de pescador... porque, tal y como su padre le había dicho, había mucho arte en pescar truchas. Naturalmente, llamó al niño Karl en honor a él mismo, a su padre, a su abuelo, bisabuelo, tatarabuelo...
Cuentan que Matusalén tenía un viejo amigo llamado Karl. Era pescador de truchas, como su padre.

16 de febrero de 2009

Escribiendo

te conmuevo, o eso pretendo. Lo hago buscando mis más pro[fundas,tegidas&hibidas] fibras sensibles, fieras sensibles, para follármelas y dejarte mirar.

Cuando tengo suerte y se parecen a las tuyas... 2x1, follo el doble. Yuhu.

5 de febrero de 2009

Documento sin título Nº1

Una página en blanco supone un níveo himen sin rasguños para cualquier escritor. Desvirgarla es tan sencillo como presionar una tecla o deslizar la punta de un bolígrafo sobre el papel. Sin embargo, es una escena muy común la del literato inmóvil frente a la pantalla, con los ojos fijados en el cursor parpadeante de algún documento de texto abierto y en blanco desde hace horas.
El problema, como tantas otras veces, está en la expectativa: el autor tiene un plan para su texto. ¿In?evitablemente proyecta una serie de patrones ―que se ajustan a su plan― sobre el virginal documento antes de presionar las primeras teclas y, cuando esto sucede, poderosos mecanismos de filtración se ponen en marcha. Pronto llegará el momento de comparar lo escrito con lo previamente proyectado, siendo éxitos las coincidencias y fracasos las divergencias.
Enfrentarse a una página en blanco no es tan duro. Para la inmensa mayoría de nosotros, aun habiendo decidido ser espontáneos, es sencillamente imposible.
...La página nunca ha estado en blanco.