Por lo demás, todo transcurre con una tranquilidad a veces repulsiva y a veces cómoda. Me he mudado a un apartamento junto a la playa y, aunque sigo teniendo beeheHEHEbeEheHE-cinos, parece no molestarles ni el volumen de mi música, ni los tardíos horarios de la mayoría de visitas que recibo. La frecuencia con la que me digno a pisar la arena de la playa se reduce a una o dos veces al mes, algo que únicamente puede explicarse haciendo alusión a la madre de todos los vicios. Sin embargo, sí que doy largos y nocturnos paseos por la avenida después de haberme nutrido a base de bocadillos, hamburguesas o durum kebabs, generalmente. Afortunadamente, también he tenido la oportunidad de debatirme entre la vida y la muerte: he librado incontables e intensas luchas contra seres de acongojante tamaño. Sí, me refiero a cucarachas y hormigas de incierta procedencia. Las primeras han sido exterminadas por completo y las segundas han tomado el frente norte de la casa (o han sido confinadas allí, como a mí me gusta pensar), pero les he cogido algo de cariño. Son muy trabajadoras y defienden con cada una de sus células el fruto de su trabajo. Es una pena que pronto comprueben cómo un ser vago e intolerante al estrés es capaz de mandar a tomar por culo todo ese trabajo en cuestión de horas con una aspiradora y una pequeña dosis de veneno diluido en un dulce cebo. Estoy convencido de que su inminente apocalipsis ya ha sido profetizado por las hormigas más sensibles y/o veteranas.






